Eran por ahí del año 2017, cuando la tecnología aún no había avanzado tanto como ahora.
Las redes sociales estaban en desarrollo y el uso de internet en los móviles todavía no era algo generalizado. Así que solo accedíamos por medio de una PC.
Y me encontraba, un día cualquiera —no recuerdo la fecha, el mes ni la hora— pensando en encontrar el amor.
Una noche, mi mente empezó a divagar sobre cómo sería esa mujer que se llevaría mis sentimientos.
Antes de dormir, cerraba los ojos para imaginar su rostro, su cabello, su sonrisa, su voz y la manera en que me llamaría de cariño.
Así, entre imágenes y sonidos, me quedé dormido.
Al día siguiente, desperté de manera tan alegre que el día se mostraba lleno de éxitos.
Pero empecé a pensar: ¿por dónde comenzar la búsqueda?
No podía dilucidar de qué manera iniciar el camino. Así que decidí dejarlo al azar y esperar la primera señal que me mostrara la vida.
Esperé sentado al lado de mi cama mientras terminaba de vestirme después de la ducha matutina. Me miraba en el espejo y me decía a mí mismo:
—Te querrán tanto con esa panza que casi llega al piso. Eso es verdaderamente sexy. Además, mis canas me dan un aire de adulto interesante.
Terminado mi arreglo personal, decidí entrar a los portales bancarios para revisar mis finanzas y calcular el gasto de la primera cita.
Abrí el único portal al que tenía acceso, ya que era la única cuenta bancaria que manejaba. Al mirar el saldo, descubrí un -1000.00 y, al cotejar con la correspondencia que había dejado a un lado del teclado días antes, me di cuenta de que le debía al banco 1000.00.
Pero… ¿cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?
Y tengo que aceptar que es maravilloso firmar, pero complicadísimo pagar.
Así que los recursos para la primera cita: «No existen».
Además, descubrí de manera temprana que no tenía dinero en el banco y que, tristemente, yo era quien le debía a esa institución bancaria.
Pero eso no me desanimó.
Es más, al ver la laptop encendida, mi cerebro generó la idea de inscribirme en esos portales que ofrecían contacto entre personas solas.
Busqué en Google alguna página relacionada y, por cábala, decidí registrarme en las siete que mostraba el buscador en sus resultados.
Entré y decía: «GENERA TU CUENTA GRATIS».
—Woow… eso sí es suerte.
Así que opté por inscribirme. Le di clic a «Crear cuenta» y comencé a rellenar el formulario.
Dicen que debemos mentir, como en los historiales laborales.
Pero no. Si quiero sinceridad, sinceridad ofrezco.
Así que, en cada detalle del físico, fui totalmente honesto.
Se me complicó cuando llegué a la parte: «Acerca de mí».
Dije:
—¿Ahí qué se pone?
Pues acerca de mí está mi perro, que aún no se levanta; acerca de mí está mi cajetilla de cigarros, que estoy empezando a dejar; acerca de mí está mi soledad, que, al mirarla, se ríe de mí con su clásico sarcasmo e ironía. Y acerca de mí… no sé qué poner.
Decidí tomar unos minutos para prepararme un café y despejar la mente, para formular el contenido de ese campo y que fuera impactante para mis posibles candidatas a este gran amor.
Me dirigí a la cocina.
Ya estando ahí, decidí poner más sexy mi barriga y me preparé un rico pan con abundante jalea de fresa. Mientras el café estaba listo, sonreía al saber que mi taza estaría acompañada de un delicioso pan que me serviría de desayuno.
Me causaba curiosidad cómo el tiempo era más juguetón preparando el pan con jalea que desapareciéndolo de la faz del mundo.
Y me hice una nota mental:
—Cuando vea a Dios de frente le preguntaré: “Oye, Dios, ¿por qué tardamos tanto en prepararnos las cosas para comer y no demoramos casi nada en degustarlas? ¿Acaso es una de las interrogantes eternas sin resolver que les has dado a todas las almas?”
Bueno, ya terminé mi delicioso pan y el café sigue intacto. Así que decidí regresar frente a la PC y seguir con mi encomienda, mientras tomaba un sorbo de vez en cuando.
Ya instalado nuevamente frente al computador, dejé mi taza de café. Mi mirada se posó en la cajetilla de cigarros, que me coqueteaba descaradamente.
Y cedí ante la tentación.
Decidí fumar uno en compañía de mi computadora y el café.
Mi perro aún seguía dormido. Solo abrió medio ojo y volvió a cerrarlo para continuar su sueño.
Creo que pensaba:
—¿Y a este loco qué le sucede? Tan temprano y ya en internet. Definitivamente, mi amo es un adicto a la web. ¡Qué bueno que yo no sé leer ni escribir!
Y siguió su plácido sueño.
Retomando el formulario, traté de hacer una descripción de lo que mi corazón ofrecía de manera desinteresada, pero con la esperanza de recibir lo mismo en igualdad de circunstancias.
Había un campo raro: «Cita preferida».
Y pensé:
—¡Qué locura! Si tuviera la cita preferida, no estaría aquí inscribiéndome en este portal. ¿O no?
Para no dejar el campo vacío, decidí poner:
«En donde sea, cuando sea, como sea… pero que sea contigo».
Rellené el formulario y le di en «Guardar».
Y solo me quedé mirando la pantalla.
Me pregunté:
—¿La velocidad de internet que tengo contratada será lo suficientemente rápida para que me lleguen las propuestas de las chicas? ¿Acaso antes de inscribirme debí contratar un servicio de 500 MB, cuando solo tengo 30 MB?
La duda me causó angustia. Debí haber hecho el upgrade de mi servicio antes de registrarme.
—¡¡Qué mala decisión!!
Pero ya estaba hecho y no había espacio para el arrepentimiento. Lo hecho, hecho está.
Así que, para calmar a mi demonio de la angustia, le di una sobredosis de humo de tabaco.
Si no se calmaba, por lo menos se marearía.
Al fumar, mi imaginación hacía de las suyas. Parecía un pez sin pecera, nadando por los grandes océanos del mundo.
Empecé a generar imágenes de cómo sería ese primer acercamiento.
«Un mensaje».
Y yo, sin poder dar clic o teclear para desplegar el aviso.
Sentí que se me subían los colores al rostro.
—¿Se imaginará cómo soy?
Ahora que recuerdo, olvidé poner alguna foto dentro del perfil y eso reduciría drásticamente mis oportunidades de que me escribieran.
Empecé a explorar las carpetas de mi disco duro.
Esa foto donde me vestí de arlequín después de tomarme como treinta tragos no creo que sea la más adecuada.
Pasé a otra más.
La foto donde mi madre me bañaba de pequeño podría ser… pero no. Es demasiado erótica para un inicio y no quiero que me conviertan en un objeto sexual.
Tampoco creo que sea correcta la foto de mi graduación de secundaria. ¿Y si pregunta qué carrera estudié?
Me metería en un embrollo y terminaría confesando que, de pequeño, soñé con ser policía. No lo logré, pero puedo mantener encerrados a mis peores demonios.
También llegué a creer que sería bombero. Tampoco lo logré, pero sé controlar los grandes fuegos que causan mis defectos.
Creí llegar a ser capitán de un navío. Como podrás imaginar, tampoco lo logré, pero sí sé navegar entre las turbulentas aguas de la vida.
También imaginé que terminaría la secundaria. Y eso… sí, eso sí lo logré.
Pero no ahondemos más en temas triviales.
Así que decidí poner una foto que me tomé con el celular y me ayudé de Photoshop para darme una arregladita.
Después de editarla, la subí al perfil.
—Uff… algo que sí se pudo corregir.
Mientras esperaba, puse música para meditar y hacer uso del poder de la ley de la atracción.
La imaginé leyendo mi perfil, llena de curiosidad por saber más de mí.
Así que su interés se posesionó de su mouse y de su teclado, y empezó a escribirme un mensaje.
Creo que se detuvo un momento antes de darle a «Enviar». El nerviosismo se apoderó de ella y, por un instante, dudó en mandarlo.
Pero su dedo ya la había traicionado y le dio clic.
Quedó mirando el monitor, esperando que yo recibiera su mensaje y respondiera inmediatamente.
Pero entonces algo me causó duda.
—¿Usará laptop, desktop, móvil o tablet? ¿De qué marca será? ¿Tendremos conflictos de comunicación por usar dispositivos diferentes?
No importa. Le cantaré la canción de Joan Sebastián y Alberto Vázquez:
«Llevamos juntos serenata, juntos hasta el balcón aquel. Tu guitarra y yo maracas».
Pero en mi versión:
«Llevamos juntos ese mail, juntos hasta el café internet aquel. Tu laptop y yo tablet».
Con eso resolví mis últimas dudas y me quedé más tranquilo, esperando ese mail.
El tiempo pasó y la pantalla no mostró indicación alguna.
Empecé a preocuparme.
—¿Qué estará pasando? Probablemente sea una falla de conexión.
Y me dispuse a realizar una minuciosa inspección de mi conexión wifi en la computadora.
Hice las pruebas pertinentes y el test mostró excelente conexión.
Continué con el módem. Llamé a mi proveedor para decirles que algo fallaba y que no era posible que tuvieran tan mala calidad de servicio.
Después de estar en la línea telefónica por más de dos horas, me quedé satisfecho con todas las pruebas que me hicieron realizar y las que efectuaron desde su propia sede.
La verdad, ese supervisor prepotente terminó cayéndome bien. Después de una hora se dedicó a ayudarme en todo lo que le solicité.
—¡Ese sí es verdadero servicio!
Lo malo era que, de pronto, se cortaba la comunicación. Pero lo bueno es que tenía llamadas ilimitadas y podía llamar cuantas veces fuera necesario.
Pero, a pesar de todo, aún no llegaba ese mensaje tan especial que esperaba.
Fui a ver mi frasco de mayonesa. Sí, ese donde juntaba cada moneda de un peso y de cincuenta centavos que iba dejando ahí.
Después de otras dos horas, tenía la cantidad exacta: 1567.50.
Dinero suficiente para comprar un buen router y enlazarlo al módem para tener una mejor calidad de señal.
Así que salí de casa dispuesto a comprar ese maravilloso dispositivo tecnológico.
Después de tres horas en la tienda de electrónica y de preguntar a los asesores una y otra vez, me decidí por el primero que me recomendaron.
Fui a la caja para pagar, pero lo malo fue que tardaron dos horas en contar mis monedas. Y lo hicieron dos veces porque un chico tiró las pilas que ya habían hecho de diez pesos cada una.
Me atormentaba pensando que ese mensaje estaba atorado en algún nodo de conexión de internet.
Aun con máxima prioridad, no aparecía en mi buzón privado, ese que me había regalado la amable gente de la web.
A falta de dinero para el transporte, corrí a casa como votante tras quien regala tarjetas con quinientos pesos a cambio de apoyo político.
Llegué casi desfallecido, pero el cansancio no me detuvo para conectar mi nuevo aparato.
Bueno… sí hubo algo que me detuvo.
Pobre de mi perro, ni siquiera le había dado de desayunar.
Le preparé un rico bistec asado, término medio, como a él le gusta, y me perdonó la afrenta de olvidarlo.
Instalé el router.
Ya configurado y todo listo, entré a la página y di clic rápidamente en el casillero.
CERO MENSAJES.
—¿¡Queeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!?
Volví a revisar el software, las conexiones físicas, la energía eléctrica y el cable de mi proveedor de internet.
Y terminé trepado en el poste.
Me daban terror las alturas, pero el amor vence cualquier obstáculo.
Miré las conexiones y parecía que todo estaba bien.
De pronto llegaron los de la compañía eléctrica y quisieron cortarme el servicio porque decían que me quería colgar de su red, tal cual vendedor ambulante en época navideña.
Les expliqué una y mil veces que no era así y terminé confesándoles por qué me había subido al poste.
Su expresión fue de sorpresa ante mi intento desesperado por recibir un mensaje de mi alma gemela, a quien aún no conocía.
Amablemente me conectaron clandestinamente y me dijeron que así lo dejarían para que pudiera tener encendida la PC las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año, y que mi ilusión no mermara más mi bolsillo.
Me desearon suerte y se retiraron entre grandes carcajadas.
Ahh… qué lindo es cuando la gente comparte tus ilusiones.
Sin darme cuenta, el día se había ido.
Preparé la cena.
Mientras cenaba junto a mi perro, me pregunté:
—¿Esta página tendrá buena compatibilidad con mi móvil?
Tenía que sacar a mi perro a pasear y ahora sí no creo que me perdonara si no lo llevaba a su caminata nocturna.
—¡Qué alegría! Sí era compatible y podía revisar mi casilla desde el celular.
Tomé a mi perro y salí a dar ese paseo que tanto nos agradaba.
Como siempre, me encontré con esa linda mujer de ojos claros y cabellera negra.
Me saludó y caminó a mi lado, así como su hermosa perrita caminaba al lado de mi perro.
Generalmente nos dirigíamos al mismo parque.
Y nos sentábamos en la misma banca.
Soltábamos a las mascotas para que corrieran libremente por un rato.
La miré y pensé que era bellísima.
Me pregunté:
—¿Por qué siempre está sola?
Jamás la había visto acompañada de algún hombre en todas las noches que tenía de conocerla, y hacía meses que habíamos hablado por primera vez.
Nos contábamos nuestras historias de vida y las pláticas con ella eran agradables.
Entonces me dijo:
—Cómo quisiera ir al cine, ver una buena película y después cenar y charlar con una agradable compañía. Conocerlo más y, al pasar el tiempo, iniciar una bella relación con ese buen hombre.
Le comenté que, para ver una buena película, no dependiera de un hombre; que podía ir sola y disfrutarla.
Además, podía ir sola a un restaurante y disfrutar cada platillo que decidiera comer, sin necesidad de una charla, porque eso también podía hacerlo consigo misma.
Y que, en el momento adecuado, conocería a ese hombre lindo y especial.
Entonces le imploré con toda la fuerza de mi ser:
—¡QUE NO DEJE DE MIRAR LAS SEÑALES DE LA VIDA! PUEDE DEJAR PASAR A ESE GRAN AMOR SIN DARSE CUENTA.
Ella me miró sorprendida y dijo con cierto sarcasmo:
—Cuánta razón tienes. Eres un sabio.
Mala agradecida.
Yo preocupándome por ella y ni siquiera me lo agradecía. Es más, se burlaba de mis ideales amorosos.
Otra nota mental:
—No vuelvas a darle consejos de amor.
Olvidamos el mal momento y seguimos charlando.
Su mano se posó sobre la mía y me dio un beso en la mejilla.
Me dijo:
—Eres agradable y me gusta tu compañía.
Le correspondí y mencioné que siempre acompañaríamos juntos a las mascotas a pasear… hasta que conociera a ese amor que ocuparía mi lugar en aquella banca del parque.
Volteó al cielo con expresión de:
«DIOS MÍO, ESCÚCHALO».
Y yo sonreí, entendiendo su plegaria.
Tomamos a los perros y le eché un vistazo a mi móvil.
Con la conversación me había olvidado de mi búsqueda del amor.
Como era de esperarse: «Cero mensajes».
Caminamos de regreso y nos despedimos.
Me dijo «hasta mañana» y me regaló la mejor de las sonrisas.
Se veía hermosa con esa luz en la mirada y sus labios esbozando felicidad.
Le devolví la sonrisa mostrando todos los dientes, tal cual mazorca de elotero.
Llegué a casa e instalé a mi perro en su cama. Le puse su almohada y lo cubrí con su frazada.
Era una noche fría.
Ya sin esperanza, miré la computadora que había permanecido encendida gracias a los amables señores de la CFE, quienes me habían quitado la preocupación del gasto exorbitante de electricidad.
La computadora seguía esperando el mensaje que me llevaría a conocer a esa mujer que sería el amor de mi vida.
Y di clic en la casilla.
Y tenía un mensaje.
«Alguien quiere conocerte».
Era ella.
Mi corazón latía como burro sin mecate.
Le di clic para abrir el mensaje.
Deseaba leer lo que me escribía, lo que me contaba de ella, lo que suponía de mí.
Los milisegundos pasaban tan lento que podía correr al borde del infinito y regresar… y aun así el mensaje no abría.
De pronto apareció una animación que ocultó el texto:
«Para poder ver este mensaje debes ser usuario Platino. Costo: 999 USD por un mes. Se aceptan todas las tarjetas Visa y MasterCard. Pago seguro por VeriSign Secure».
—¿¡Quéeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!?
¿999 USD me separaban del amor de mi vida? ¿De mi alma gemela?
Mi mente hizo un recuento rápido de mis finanzas y no llegaba ni a cien dólares. Y apenas era el cuarto día después de la fecha de pago.
Tenía que esperar once días más y, aun así, realmente necesitaría esperar veintiséis días para reunir la cantidad que costaba ser usuario platino.
Se me nubló la vista…
Ahh… se me estaba cayendo un lente de contacto.
Bueno, después de acomodarlo nuevamente, fui decidido a tomar mi cartera.
999 USD no me separarían de mi amor.
Tomé la tarjeta de crédito.
Y al mismo tiempo rogué a todos los santos, deidades, duendes y elfos que autorizaran el pago.
Tecleé con seguridad el número de tarjeta.
—¡Nada me detendrá!
Di aceptar y apareció «Loading».
Cerré los ojos.
Conté hasta tres y los abrí.
«TRANSACCIÓN EXITOSA».
—¡¡Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!!
¡¡¡¡¡¡¡¡VICTORIA!!!!!!!!!!
Después de anotar el folio para posibles reclamos, encaminé la página hacia mi casilla.
Abrí el tan esperado mensaje.
Asunto: «Alguien quiere conocerte».
Leí el cuerpo del mensaje:
«Sí estás muy próximo a contactar con mujeres afines a ti. “Alguien espera por conocerte”. Por lo pronto, con tu pago y tu cuenta Platino podrás mandar mensajes ilimitados. Pero recuerda que, para que te respondan, quien te escriba también deberá contar con cuenta Platino».
«No desesperes, que pronto el AMOR tocará tu buzón».
«Tienes derecho a bla, bla, bla, bla…»
Cerré el mensaje, la página y el explorador.
Y apagué la computadora.
Había caído en un gran timo.
Estaba enojado conmigo mismo.
¿Cómo pude dejarme engañar tan fácilmente?
No me restaba más que lamentarme por las siguientes quincenas de pago, que tendría que abonar íntegramente a la tarjeta de crédito.
Y esperaba que no me cobraran el sobregiro ni gastos de cobranza.
Ya era de madrugada y no me quedaba más que disponerme a dormir.
Ya en la comodidad de mi cama, miré al techo por no poder mirar el cielo.
Y me di cuenta de que es tan difícil encontrar el amor… que quizá por eso es tan maravilloso tenerlo.
Y mi último pensamiento de la noche fue:
«Ojalá que la chica que me acompaña todas las noches en el parque tenga mejor suerte que yo y encuentre a ese buen hombre… y que él se dé cuenta de lo maravillosa y hermosa que es».

Me encantó!! Me encanta como escribes, ese sentido del humor al manejar las cosas me fascina!!
Ya ve Doña Cerezo. Fui tu mejor Jefecito… Y También buen escritor!!!
Gracias por comentar..
Cuidate!
Prometes como escritor, realmente sería un gran guion de comedia romántica, el despistado protagonista es genial. Lo disfruté mucho ❤️
Bueno al principio medio choto al final.
Gracias Sofy por tu comentario. Ten excelente día!