Terminé mi desayuno…
Paso a lavar el tazón de las Zucaritas y lo acomodo en su lugar.
Es una mañana fría y, con el suéter ya puesto, también opto por usar un abrigo que me ayude a soportar las inclemencias del tiempo.
Salgo a la calle y cierro la puerta. Me repito mentalmente: «Estás cerrando la puerta de manera correcta y segura». Esto me ayuda porque después lo olvido y me quedo preocupado por si dejé mal cerrado.
Avanzo unos metros y, a lo lejos, veo venir con toda su humanidad…
A ese Gran Danés de mi vecino.
Alzo la vista al cielo como esperando que caiga un rayo o un ángel baje con una correa para sostenerlo y, en milisegundos, me doy cuenta de que eso no sucederá.
Empiezo a correr despavorido. Mi mente evoca los recuerdos de esa semana en que los vecinos se fueron de vacaciones y yo le gritaba al perro por la noche que se callara y que dejara los lamentos para el día; que sus amos no lo querían y que lo dejaron abandonado. Cuán arrepentido me siento de eso en este instante.
Dicen que a veces amamos a Dios en tierra ajena y definitivamente lo estoy comprobando; y lo peor de todo es que es en mi propia tierra.
Si me viera la CONADE, beca total para mí. Corro mejor que un galgo. Y es cuando amo a mis zapatos bien desgastados. Tienen ya tantos surcos en la suela que poseen un agarre fenomenal con el pavimento. Es más, las llantas Michelin morirían de envidia al ver mi tracción.
«Corre, Pelayo, corre», porque si no, te comen de un bocado.
Y casi llegando a la esquina…
Veo a la perrita de otra vecina, con su suetercito rosa y esos moñitos en las orejas que, a mi gusto, parecen ridículos.
Me mira con la lengua de fuera y acude en mi ayuda.
Camina a mitad del asfalto y le lanza su mirada coqueta al Gran Danés, que se detiene en seco. Qué frenos ABS ni qué nada.
«Una mujer detiene el mundo si quiere». Y una perra más.
Volteo y la perrita me mira con tranquilidad, como diciendo: «No te preocupes, yo lo entretengo».
Ufff… me salvó, y mira que me arrepiento de prejuzgar sus moñitos rosas. De hoy en adelante la adularé cada que la vea rondando por las aceras de la cuadra.
Veo cómo se alejan los dos. Él, como guiándola a su mejor árbol, aquel que es exclusivo para caninos selectos.
Ya tranquilo y sudando, trato de recuperar el aliento. De verdad que hoy he cumplido mi programa anual de ejercicio y estoy muy contento por ello.
Me dirijo a tomar un transporte que me lleve a una estación del tren subterráneo.
Salgo a una avenida y me detengo. Miro cómo el tráfico ya hace mella en las calles. La gente se desespera y quisiera poder volar a sus destinos.
Aquí, en la esquina, está la señora que todos los días ofrece los clásicos tamales con su respectivo champurrado. La gente llega y se pide no solo uno, sino dos para llevar. En la mano, algunos llevan su refresco de dieta. Digo, para minimizar culpas.
Llega mi transporte y va llenísimo. Me subo, pago el peaje y me dispongo a tratar de acomodarme mientras el chafirete nos indica:
—Recórranse, todavía hay lugar.
¿Lugar? ¿Dónde? ¿Acaso este es un autobús articulado? Yo creo que sí. El chofer no se ha dado cuenta de que perdió la otra parte en algún lado o se le desincorporó en algún bache o tope mal esquivado.
Llegamos a la estación del tren subterráneo.
Saco mi tarjeta exclusiva. Mi llave electrónica avanzada. Sí, me siento orgulloso; estamos a la altura de cualquier auto de lujo.
Llego al andén y miro el río de gente que está esperando que llegue el tren.
Realmente cada día somos más y se nos está reduciendo la ciudad. Aunque, siendo honestos, el planeta es sabio; a pesar de nuestra depredación, aún es noble y nos da para continuar la vida. Lamentablemente, todo está mal administrado y solo queda en poder de unos cuantos.
Aquí nos encontramos gente de toda índole: desde la madre que lleva al pequeño al colegio antes de acudir a su trabajo, el estudiante que se enorgullece de su teléfono de última generación, pasando por la chica que usa el tiempo del trayecto para maquillarse y el ejecutivo que prefiere usar el transporte público antes que manejar en el caos del tráfico citadino.
Al llegar el tren, comienza nuestra aventura al abordar. Aquí te entrenas para ser un excelente tacleador de futbol americano.
«Subes como puedes y te bajan donde quieren». Ese debería ser el lema de tan noble transporte.
Aquí todos amanecen cansados y se pelean por ocupar un asiento vacío.
Es cuando me pregunto: ¿Qué, no acabamos de dormir ocho horas? ¿Y así amanecemos cansados aún?
Pero sorteo la odisea y logro, sin mucho esfuerzo, conseguir un lugar. (A veces, lo más sencillo es lo que más te beneficia).
Miro a las personas que están a mi lado. Uno escucha su música y extiende su iPhone para que todos miren que tiene uno.
Una chica comienza a ponerse máscara en las pestañas. Observo cómo magistralmente puede hacerlo.
Uno de los ejecutivos que, por vestir de traje, deduzco que lo es, mira el legajo de hojas que trae entre manos. Su ceño se frunce como queriendo encontrar ese centavo que le falta para que le cuadren los números.
Otra chica va ensimismada en su lectura. El libro que lee es «Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus». Me percato de que lee un poco, levanta la cara y lanza un suspiro. Me intriga saber si es porque quiere entender a los hombres o se está entendiendo a ella misma.
Y sin darme cuenta, comienza el desfile de vendedores.
Pasa el que trae las últimas novedades de la música en MP3, con su sonido a máximo volumen.
Sin querer, empiezo a mover los pies y tararear la canción que ha puesto, como muchos otros ya también lo hacen.
Algunos piden el CD y soportan las miradas recriminatorias de los demás pasajeros. «Compra original», parecen gritarles con la mirada.
Abandonamos ese artículo y viene otra novedad: la lámpara LED. Esa sí me gusta y le compro una al buen vendedor.
De pronto pasa la persona que pide caridad. Expresa su letanía de que es ciego y que lo que se le pueda ofrecer le ayudará para comer a él y a su familia. Pero, al mirarlo con detenimiento, no creo que sea ciego, pues trae un reloj de pulso y, en ciertos intervalos de tiempo, voltea discretamente a mirarlo. A pesar de los lentes oscuros, mira las guías de recorrido del tren. Y si acaso delante de él existe una mujer exuberante, se detiene «casualmente» un poco más antes de seguir su andar.
Ahora viene el adulto no tan mayor que te deja un paquete de chicles con un pequeño cartel que dice: «Soy sordomudo y me ayudas mucho comprando este producto. Solo 10 pesos».
Veo que va dejando los paquetes en las piernas o manos de los pasajeros y regresa al punto de inicio para recibir el pago o recoger el producto no adquirido.
Veo que se acerca a mí y mi mente maquiavélica ya tiene su plan trazado.
Le pago los 10 pesos y dejo que avance un par de metros.
Le grito:
—¡Hey, tú! Dame otros dos.
Él voltea y me dice:
—Enseguida.
Se acerca, me entrega los paquetes y le extiendo el billete de 20 pesos.
Y hablo en tono alto para que me escuche toda la gente posible:
—¿No que eres sordomudo?
Se le suben los colores al rostro. Toda la gente voltea a mirarlo y se escucha una carcajada generalizada expresada por todos los presentes.
Y se baja en la próxima estación totalmente avergonzado. Me mira y, con la mirada, me dice todo su repertorio de malas palabras que conoce.
Pasando a la siguiente promoción, llega el del diario. Compro uno para hacer más ameno mi trayecto.
No sin antes comprar esos deliciosos Bubulubus que ofrece la chica en su promoción de tres por cinco pesos.
Y pienso que tengo que controlar mi vicio de comprador compulsivo. De lo contrario, llegaré a mi estación de destino con tantas cosas que no usaré nunca.
Por eso me propongo leer el diario.
Qué curioso. Parece que los diarios, en su afán, buscan mostrarnos malas noticias: que catástrofes ambientales, que muertes por inseguridad, que derrumbes financieros. Y solo una noticia buena: el presidente de nuestro país compra un nuevo avión para su seguridad. Eso me tranquiliza tanto.
Voy a la sección de horóscopos. Me pongo a pensar: ¿Cuál será la metodología esotérica para determinar lo que los astros nos deparan? Aunque, particularmente, no creo en ellos.
Mi despreocupación me lleva a leer el mío.
«El día de hoy se te presentará como un día complicado, pero está en ti salir victorioso y alegre de cada evento fortuito con el que tropieces. Además, ten abierta la mente y el corazón; tendrás la oportunidad de encontrar al amor de tu vida en el lugar menos imaginado».
De alguna manera sonrío. De verdad que son acertados. JA JA JA.
En la siguiente estación sube una chica por demás despampanante. Me imagino que vio mi cara de tarado, pues se puso frente a mí y me lanzó esa mirada y esa sonrisa que expresan textualmente:
«Soy muy guapa, bellaco; la princesa de la torre del castillo que espera a su príncipe azul que la rescate. ¿Serás acaso tú?».
Y mi corazón salta como rana en estanque.
Mi mente imagina. La sonrisa se convierte en un «Hola», después viene la charla y la pregunta:
—¿Al trabajo?
Después, el intercambio de nombres, el de números celulares, los mensajeros, el mail, continuando con la primera cita que, en común, resulta malísima; después el compromiso, el matrimonio, los hijos, los nietos y terminando en tumbas uno al lado del otro.
Vuelvo a mi realidad. Me sorprende cómo pude imaginar nuestra vida en tan pocos segundos.
Inmediatamente le ofrezco el asiento. Ella tímidamente me dice gracias y yo le brindo la sonrisa más espectacular que puedo generar.
Y continúo mirándola. Ella, despreocupada y sin remordimientos, saca su iPod, conecta los auriculares y le da play a su lista de reproducción. Cierra los ojos y se pierde en sus pensamientos.
Definitivamente me siento usado. Lo que hace el ser humano por un asiento. Y ni siquiera me regresó el anillo de compromiso y mucho menos los gastos de la boda. Me dejó en la calle con la soledad como testigo de un sueño guajiro.
Volteo a mi lado y trato de que nadie se dé cuenta de que fui vilmente engañado y que, por unos segundos, mi corazón fue más que pisoteado. No se diga de mi cómodo asiento, que ya está ocupado por esa intrusa.
«Hemos roto y espero jamás volverte a encontrar», le digo mentalmente.
No me queda más remedio que seguir en total silencio, soportando esos empujones de quien quiere salir tres segundos antes de que se cierren las puertas de nuevo. Pero no duele tanto como saberse herido del corazón por una mujer sin sentimientos. ¡Que ni su nombre dijo!
Afortunadamente, nadie se dio cuenta de mi escena trágica de amor. Cada quien va absorto en sus pensamientos.
Llego a la estación que me corresponde y bajamos la mayoría de los pasajeros.
Veo cómo corren, como queriendo ser los primeros en alcanzar las escaleras eléctricas. Caramba, no se van a ir o no las van a mover en un minuto. Tranquilos, quien llegó tarde, pues ya llegó a destiempo. ¿No?
Salgo de la estación y el frío golpea la cara. Camino pausadamente; me doy el tiempo necesario para disfrutar esa mañana.
Veo a todo tipo de trabajadores: desde el que usa el reloj más caro hasta aquel en quien se nota lo desgastado de sus ropas y que camina con la mirada clavada al piso; el pesar de la vida es mucho y es inevitable no mirar al suelo.
Los pequeños y pequeñas se cruzan en mi camino rumbo al colegio. Su mirada y su lenguaje corporal expresan esa inocencia por demás añorada por nosotros, los adultos.
Los trabajadores acudimos a nuestro centro de labores. Algunos, con paso apresurado; los minutos corren y el reloj checador no detiene su andar.
Los policías, tratando de desenmarañar el tránsito, irónicamente, de un pulpo vehicular de dos cabezas logran transformarlo en uno de diez. Lo complican todo por querer descomplicar la circulación.
¿A dónde iremos a parar, Dios mío?
Me acerco a la cafetería que está a escasa una cuadra de mi trabajo.
Entro y hay una larga fila; todos gastando en un café lo que un humilde trabajador gana en un día.
Pero, de alguna manera, pareciera que tomar café de marca te da estatus, importancia y un seudopoder.
Aunque solo tengas la decisión de ponerle endulzante o azúcar mascabado.
Tomo lugar en la fila. Creo que hoy merezco darme ese apetecible gusto.
La fila avanza lentamente y todos denotan en su rostro la desesperación por ser atendidos.
Y el retraso provoca que la fila sea más larga a cada momento.
Todos tratan de minimizar su preocupación. Todos se desesperan, pero nadie quiere salir sin su vaso en la mano.
Yo miro a los que están perdidos en sus computadoras portátiles. Mi mente reconoce que esto del internet nos abrió muchas puertas; hoy podemos charlar y mirar a quien está del otro lado del mundo.
Aquel par de hombres que revisan documentos se miran preocupados por saber que no se están cumpliendo las metas. Uno de ellos mira alrededor y aprieta fuertemente su cajetilla de cigarros, extrañando el sabor y el humo que pueden darle la calma que necesita en esos momentos y que no puede disfrutar por ser un establecimiento 100 % libre de humo.
También están las dos chicas que ríen al mirar sus teléfonos. Una le muestra a la otra el contenido de cada uno y sonríen en complicidad por sus travesuras.
Está el par de amigas que se citaron temprano para comentarse las últimas noticias de su vida. Una de ellas maneja sus movimientos para relucir el anillo de compromiso que porta ya en su mano izquierda y le muestra a la amiga una revista de bodas, mostrándole quizás los diseños de los vestidos, los accesorios y las muestras de los artículos que adquirirá para tan magno evento.
La amiga sonríe y es una sonrisa sincera. Pero su mirada muestra un halo de tristeza. Mira a ella y observa la revista. Su corazón pregunta:
«¿Para cuándo me tocará a mí?».
Y en ese momento me siento identificado con ella.
Y me pregunto:
«¿También a mí cuándo me sucederá?».
La fila está detenida. Se ha atascado la caja registradora.
No me inquieta y sigo mirando.
En la puerta de cristal se divisan dos figuras femeninas.
Y sí, en efecto, entran dos mujeres. Una de ellas, una mujer por demás hermosa.
No quiero parecer obvio, por ello desvío mi mirada, pero me traiciona el subconsciente y vuelvo a mirarla.
Nuestras miradas se cruzan y parece detenerse el tiempo. Parece mágico el momento. Pero mi ecuanimidad entra en acción y acepto que lo único que está detenido es la fila para ordenar.
La chica sonríe y yo volteo a mirar a los hombres que me franquean, como esperando descubrir si es a alguno de ellos a quien sonríe. Y no; uno de ellos textea en su celular y el otro está mirando ese panqué con chispas de chocolate.
Me pregunto y me respondo a mí mismo:
«¿Es a mí?».
La respuesta viene de la chica en cuestión. Su sonrisa es más grande, como diciendo:
«Es a ti».
Recordé mi experiencia anterior en el tren subterráneo y me propuse no ser partícipe de un engaño más; no les cederé mi lugar en la fila.
¿Quieren café? «Que se formen». Yo llegué con antelación.
Me siento orgulloso de mi razonamiento y, afortunadamente, la fila se vuelve fluida.
Ordeno, pago y en pocos minutos me entregan mi café.
Tomo algunos sobres de azúcar, los vierto, tomo el agitador y pongo la canela suficiente para darle ese toque que me resulta agradable al sabor.
Tomo una servilleta y procedo a retirarme.
Al dirigirme a la salida, cruzo a pocos centímetros de las chicas que miré al llegar.
La que me miró le dice a la otra:
—Lástima que fuera tan indiferente. Me gustó, pero no se dio cuenta de mi existencia.
Volteo a mirarla y su mirada me dice:
«Sí hablo de ti».
Con el corazón entre las patas, me alejé de ella y recordé al chamán de los horóscopos del diario.
«¿PODRÁS SER MÁS ESPECÍFICO? ¿ES A LA PRIMERA O SEGUNDA OPORTUNIDAD? ¿Y ERA EN EL TREN O EN LA CAFETERÍA?».
Salgo del local para ir al trabajo.
Continuará…

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