Fecha: Hoy, 6 de enero.
Lugar: Un lugar en la Ciudad de México.
Hora: La más precisa para salir a comer.
Hoy, al salir del edificio donde laboro, empiezo a observar los locales y a las personas que se cruzan en el camino que recorremos mis compañeros y yo al ir al lugar donde tomaremos nuestros alimentos.
Como siempre, conversamos sobre lo que ha acontecido en las horas previas en el trabajo.
Bromeamos, como siempre, acerca de los problemas que no está en nuestro poder solucionar.
Pero al caminar también empiezo a agudizar mis sentidos.
Empiezo a observar que las festividades decembrinas están en latente agonía.
Algunos de los locales ya no lucen sus adornos navideños acompañados de luces de múltiples colores.
Las personas vuelven a la normalidad y, con ella, sus rostros retoman las preocupaciones cotidianas de sus vidas.
Hoy es 6 de enero, fecha esperada por millones de niños y olvidada por muchos millones más.
En la calle nos cruzamos con algunos niños acompañados de sus padres o simplemente de alguno de los dos, ya sea la mamá o el papá.
Los rostros infantiles que miro al pasar demuestran una franca alegría por los juguetes que llevan entre sus manos, aferrando esos objetos con una fuerza que haría palidecer al mismísimo Superman.
Es conveniente decir que la zona donde trabajo es una mezcla interesante de clases sociales: desde aquellos que bajan de una camioneta de lujo, con ese destello que da ser de último modelo y que, más que un vehículo, representa para ellos un signo de poder y abundancia; pasando por la clase media, cuyos bolsillos les permiten tener un automóvil para desplazarse sin asientos de piel ni llaves electrónicas avanzadas, pero que cumple con el cometido de transportarlos por esta gran ciudad; y también están aquellos cuyos vehículos son sus propios pies, fortalecidos por tanto caminar en este mundo. Las llantas de su transporte son esas suelas ya desgastadas que, de alguna manera, sienten en la piel lo irregular del asfalto, de los adoquines de la acera o del concreto fracturado.
Y debido a esta mezcla de personas, observo a pequeños iguales en edad, pero diferentes entre sí.
Como aquel que viste ropa nueva y lleva entre sus manos un iPhone, orgulloso de portar tan magnífica muestra de tecnología a pesar de tener apenas nueve o diez años.
También encuentro a aquella niña sonriente por llevar colgada al hombro una réplica genuina de una bolsa D&G y que camina como modelo de pasarela, aferrada a la mano de su papá, quien se enorgullece del andar de su pequeña hija de apenas siete años.
Así, mis compañeros y yo recorremos el camino a la plaza comercial donde decidimos comer hoy.
Entre comentarios serios y comentarios graciosos avanzamos por la calle.
Pero, al parar en una esquina, llega a detenerse una madre con su hijo. El pequeño aparenta unos nueve años. La madre lo toma de la mano izquierda. La mujer no tiene más de treinta y cinco años y se nota agobiada.
Su ropa refleja el desgaste de las fibras y su bolso tiene las marcas inevitables del transcurso de los años. El niño mira a los otros niños y niñas que caminan por la misma calle y, con tristeza y enfado, observa en su mano derecha el muñeco luchador que no tiene movimiento en brazos, piernas ni cabeza, y cuya capa es de un delgado plástico. Su mirada se pierde en el auto de control remoto que luce radiante un chico acompañado de sus hermanos, quienes ríen y caminan con alegría por tener los juguetes que quizá pidieron a los tan aclamados Reyes Magos.
Después de ese momento continué con mis actividades diarias.
Pero hoy, en esta noche aún fría por el clima invernal, me permito recordar la mirada de ese pequeño.
Me hace viajar al pasado. A mi pasado.
Recuerdo que en Navidad la familia se reunía. Celebrábamos y reíamos con las posadas, viendo a cada uno de mis seres queridos alrededor de una mesa compartiendo tan añorada fecha.
Al final de la cena venía la apertura de regalos.
Siempre ropa o zapatos.
Alguna vez imaginé que recibiría la autopista eléctrica que siempre deseé de pequeño, pero en su lugar recibía una playera, un pantalón o un par de zapatos.
Aun a pesar de tener corta edad, siempre me ilusionaba porque llegara ese momento crucial de abrir regalos.
Siempre esperando que la caja más grande fuera para mí y que tuviera esas partes que debía armar para formar el circuito donde conduciría, como un bólido, uno de los pequeños autos que ansiaba tener.
Pero los años pasaban y la ilusión desapareció. No perdí la alegría de esas fechas; al contrario, cada año amaba más ese día, esa noche, esa madrugada. Lo que sí cambió en mí fue que quedó en el olvido esa espera de recibir un juguete como regalo navideño.
Mis esperanzas se trasladaron al Día de Reyes. Contaba con ocho años y ya escribía mi carta con semanas de antelación.
Las pocas veces que veía a mi madre alrededor de esas fechas, le mencionaba con entusiasmo lo que pediría.
En años anteriores nunca había recibido lo que pedí; sin embargo, en un par de ocasiones, al despertar, corrí a mirar con felicidad esa avalancha inesperada que me alegró el corazón. Y también recuerdo el año en que recibí dos bicicletas por las rencillas entre mis Reyes Magos —mi madre y el padre de mi hermana—, lo que me convirtió en blanco de la envidia de los vecinos. Yo, con dos bicicletas nuevecitas. No sabía andar en bici, pero recorría la calle con una y regresaba a casa para cambiar por la otra, aunque solo las llevara caminando tomadas del manubrio.
Aquella vez, cuando tenía ocho años, escribí mi carta pidiendo una serie de muñecos de Star Wars con la nave del Halcón Milenario.
Todo eso lo veía en las jugueterías, en el supermercado y en las tiendas departamentales. Veía que existían miles de ellos. Ese mes le decía a mi mamá:
—Oye, mamá, este año creo que los Reyes sí me traerán lo que pido. Existen muchos y debe alcanzar para todos.
Y llegó el 6 de enero. Desperté, corrí al pequeño árbol de Navidad y busqué con la mirada. No encontré más que unos muñecos de otra serie y un carro a control remoto que solo avanzaba hacia adelante y hacia atrás.
Me senté y miré el árbol, preguntándome: “¿Qué sucedió? Este año me porté bien, creo yo. No hice enojar tanto a mis abuelos, traté de no pelear con mis primos y primas y me apliqué para aprender esas difíciles divisiones y multiplicaciones”.
Sonreía porque me habían traído algo. Mi madre decía que muchos niños no recibían nada.
Pero cómo me dolía ver que a mis primos siempre les traían cada cosa de su lista.
El año siguiente pensé en algo diferente.
Traté de ser el mejor en la escuela, aunque me era difícil. En ese tiempo no se comprendía a los zurdos. Los mismos maestros nos juzgaban por usar el cuaderno casi al revés, de cabeza, y por no tener una línea recta al escribir.
Cuando mi abuela me regañaba, en lugar de mirarla mal, agachaba la mirada. Alguna vez pensé: “Igual me ven los Reyes y puede que por eso no me traigan lo que pido”.
Al llegar diciembre estaba creciendo la fama de los videojuegos. Vi uno en casa de un amigo y me dejó jugar una sola partida a cambio de la moneda de cinco pesos que mi mamá me daba para comprar tortas en el colegio durante la semana.
Me enamoré de esa consola. Así que escribí mi carta. En una hoja cuadriculada, sentado en el piso y con lápiz, hice mi mejor letra. Pensé que los Reyes no entendían mis garabatos, así que me esmeré para que cada palabra tuviera una estética perfecta.
Hice varias copias. Le pedí a mi tío que comprara un sobre aéreo en la papelería al regresar del trabajo.
—¿Un sobre con rayitas? ¿Cuál es ese? —me preguntó.
Me desesperaba explicándole que los había visto en la papelería y que la señora Magda me dijo que esos sobres eran para envío por avión y llegaban a los lugares más lejanos. Mi tío me entendió y prometió llevarlo al día siguiente.
Y sí, al día siguiente me llevó dos.
—Tío, ¿y cómo se lo doy al cartero? Se necesitan estampillas para pegarlas.
Mi tío sonrió y prometió dejarlo él mismo en el correo.
Pero fue mejor: al otro día me llevó a comprar las estampillas y yo mismo eché la carta en el buzón.
También, para asegurarme, puse otra carta entre las ramas del árbol de Navidad.
El 5 de enero mi abuela me compró un globo. Amarré fuertemente mi carta hecha rollito y la lancé al viento, deseando que no se desinflara y cayera o quedara atorada en algún árbol, poste o cable de luz.
Y finalmente, al anochecer, puse mi zapato con la carta dentro junto a mi cama.
No podía dormir. Me costaba más que otros años. Yo aseguraba que, en esa ocasión, sí me traerían el videojuego que tanto me había gustado.
Caí rendido de esperar y de que no llegaran los Reyes.
Desperté antes del amanecer. Corrí y vi una caja. Mi imaginación gritaba: “¡Woow! Si es una sola caja, debe ser el juego”.
Corrí y la abrí.
Mi sonrisa se borró. No era el videojuego, pero sí los muñecos de Playmobil que también estaban de moda. A un costado había más regalos: un balón de futbol con el logotipo de la empresa donde trabajaba mi tío; también estaba El Fabuloso Fred; el dominó en su caja de madera, como el que tenía mi abuelo y con el que jugaba cada fin de semana con mis tíos apostando billetes de veinte pesos, mientras yo les decía:
—¿Puedo jugar?
Y enseñaba los centavos que traía en el bolsillo para las “grandes apuestas”.
Woow. También estaban las Tutsi Botas que tanto me encantaban. Mi corazón se sentía privilegiado por tantos regalos. Ese año me alegró tanto el corazón que minimizó profundamente mi desilusión por no ver ese videojuego en mis manos.
El siguiente año se acercaba el 6 de enero y yo ya mostraba indiferencia.
Una noche mi mamá me preguntó:
—Hijo, ¿por qué no has escrito tu carta a los Reyes?
Mi respuesta sarcástica fue:
—No, este año ya no pediré nada. Nunca me traen lo que quiero. Que dejen lo que les plazca.
La noche del 5 de enero no podía dormir, y no era por la ilusión de saber que al despertar vería juguetes bajo el árbol o al pie de mi cama.
Era más bien pensar si mis primos me dejarían jugar con lo que ellos pedirían. Sí, ese año pidieron el famoso videojuego y yo esperaba poder ir a tocar a su puerta y mirar cómo lo conectaban a la televisión para jugar. Quizá, de diez partidas, me dejarían participar en una.
Mi madre me miraba extrañada y me decía:
—Duérmete, que no te traerán nada los Reyes. Este año te portaste bien, pero te volviste solitario y creaste un mundo en el que solo vives tú.
Nunca le sonreía a mi mamá y esa noche no fue la excepción. Me limité a voltearme hacia la pared y cerrar los ojos.
Como ya era pasada la una de la mañana, mi mamá apagó la luz y se recostó en su cama, al lado de la mía, pues compartíamos la misma habitación.
Yo me volteé hacia el otro lado y fingí dormir. Pasado un rato vi que mi madre se levantaba y, tratando de guardar el mayor silencio posible, sacó de su ropero unas cajas y las puso a un lado de mi cama.
Tomó mi apestoso zapato y con cuidado lo colocó sobre ellas.
Mi corazón latía con fuerza.
Mi mente pensaba: “¿Cuándo vio mi mamá a los Reyes, que le dieron mis juguetes?”.
Seguí despierto, fingiendo dormir. Poco rato después tocaron levemente la ventana. Mi mamá se asomó y escuché a mi tío y a mi abuelo. Le pasaron unos dulces y un balón por la ventana. Ella agradeció y cerró la misma, brindándoles las buenas noches.
Mi mamá caminaba en la oscuridad dentro de los pocos metros de nuestra habitación, sin dejar de mirar si yo llegaba a moverme.
Puso las cosas junto a las cajas previamente acomodadas.
Y mi corazón quería salirse del pecho.
¡Sabía ya quiénes eran los Reyes!
Mi mamá y mi familia. Todos ponían una moneda para darme, aunque fuera, un regalo más.
Al amanecer, mi mamá estaba lista para salir a trabajar. Me despertó diciéndome:
—Llegaron los Reyes.
Me reincorporé y vi los juguetes, el balón y los dulces.
—Mira, un coche a control remoto, el avión de muchas piezas para armar de LODELA, las Tutsi Botas…
Le dije:
—Mamá, ya sé quiénes son los Reyes. Te vi poner las cajas y escuché cuando tocaron la ventana.
Mi mamá respondió:
—Es que los Reyes me las dieron. Ya sabes, tienen tanto trabajo que no podían visitar a tantos niños en una sola noche.
Le dije:
—Mamá, me decían en la escuela que los Reyes son los papás y ya dudaba de ellos. Están hermosos los juguetes. Gracias.
Y mi mamá notó la indiferencia en mí. Sus ojos se humedecieron y yo, cruelmente, le pregunté:
—Si sabías lo que quería, ¿por qué nunca me diste lo que pedí?
Mi mamá bajó la mirada y dijo:
—Ya me voy a trabajar.
Agachó la cabeza y sé que fue para ocultar su llanto.
Tomó esa vieja bolsa ya desgastada por el camino, por el uso y por el tiempo, y salió rumbo al trabajo.
Ese año se terminaron los Reyes para mí.
Siempre guardé ese recelo por no verme beneficiado con aquello que alguna vez escribí en un papel.
Y en esta noche, al recordar la mirada de ese niño con el que me crucé hoy, recordé que yo una vez me sentí así y evoqué la imagen de ese bolso desgastado y con algunas fisuras en la piel. Igual que el viejo bolso de mi madre.
He recordado cada 6 de enero de mi vida.
Pero más he recordado a esos verdaderos Reyes.
Me doy cuenta de que los Reyes no son injustos. Solo que la vida nos pone en lugares distintos.
No todos tienen el privilegio de que sus padres puedan acudir a los centros comerciales y comprar un Xbox, un Wii o un PlayStation.
Tampoco todos los padres pueden llegar al mostrador y pedir un iPhone.
Mucho menos adquirir esa laptop con poderosa tarjeta de video para los juegos más actuales, y cuyo mayor logro es comprar un PSP portátil.
Mis recuerdos afloran como multitud en mis pensamientos.
Mi mente viaja a las noches en que mi mamá llegaba del trabajo y, sin importar la tormenta que estuviera cayendo, no le importaba el frío que congelaba sus manos y su piel; aun así, se dedicaba a lavar a mano los uniformes del colegio que yo portaba relucientes cada día.
Recuerdo cuando me llevaba a comer a Burger Boy y miraba con gusto —y con temor— todo lo que pedía. Yo no sabía que ella prefería comer una quesadilla de queso “para no gastar” y que su hijo pudiera comer una gran hamburguesa con papas fritas y el inservible juguete que regalaban. Y después ir a Helados Danesa 33 para comprarme el casco de futbol americano relleno con dos bolas de helado de fresa.
Recuerdo cuando su mirada se ensombrecía porque su hijo había vendido por un peso el juego de geometría con compás profesional que le costó diez pesos o más. Y que, a pesar del regaño, ya no era recuperable y tenía que comprar otro nuevo.
Recuerdo cuando mi mamá empeñó esos lindos aretes de oro por comprarme el reloj calculadora que tantas veces le pedí.
Recuerdo esas noches en las que pacientemente planchaba mi uniforme para que quedara impecable y después remendaba sus sacos, faldas y pantalones que la hacían ver como una gran ejecutiva, aunque su ropa debía durarle años.
Recuerdo cuando se iba todos los días poco después del amanecer y regresaba cuando la noche ya estaba muy avanzada.
Recuerdo cuando, los días de pago, ella, aún con la luz encendida, sacaba su pequeño sobre amarillo y contaba billetes y monedas. Tomaba su lápiz y su cuaderno, repetía las operaciones una y otra vez buscando un error, hasta que cerraba los ojos con resignación, guardaba todo de nuevo y trataba de dormir aun buscando una solución a la falta de dinero.
Recuerdo cuando mi madre se sentía orgullosa de que su hijo estuviera en el cuadro de honor del colegio, feliz por su vástago; pero también recuerdo cuando lloraba porque su hijo se volvió rebelde y, por darle un castigo a “todos”, casi lo expulsaban del colegio.
Recuerdo cuando mi mamá discretamente compraba los Reyes para mi hermana y yo la miraba contar hasta los centavos para adquirir ese Nenuco o Las Comiditas.
Y recuerdo su alegría al ver la sonrisa de mi hermana al despertar y mirar sobre la cama que compartían esos muñecos con todo y rebozo para cargarlos.
Ahora, al recordar la mirada de ese pequeño, comprendo que los Reyes no se equivocan.
Los Reyes dan todo por ver a sus hijos recibir un juguete en esos días.
No es cualquier juguete para alegrar a los hijos.
Son juguetes adquiridos con el esfuerzo de todo un año, de horas en la calle, en el tráfico, en la oficina o en la fábrica, convertidas en dinero, en monedas o billetes como antaño, o como hoy, en números de pocas cifras reflejados en las pantallas de un insensible cajero automático.
Son juguetes que recompensan todos los momentos de alegría, orgullo y satisfacción que los hijos brindan a sus padres.
Para muchos es fácil comprar esa laptop o ese celular apantallador. Y es una alegría automática saber que cada petición ha sido concedida.
Para otros —madres solteras como la mía, familias con salarios que apenas les permiten vivir día a día, sin lujos, sin una habitación que puedan llamar “mi sala” y durmiendo todos en un cuarto de cuatro por cuatro metros— la alegría no llega hasta el momento exacto de ver a sus hijos iluminar el rostro con una sonrisa al verse agraciados con un juguete. Quizá no el que esperaban, pero sí uno que estuvo bajo el árbol o al pie de su cama.
Las vidas son distintas. Hay ricos y pobres. Ironías de un mundo que siempre ha existido.
Pero hoy me doy cuenta de que mis pretextos, mis reclamos y mi enojo no dañaban a unos Reyes vestidos con ropas de lejano oriente y colores vistosos.
Yo lastimaba a los mejores Reyes Magos del mundo: mi madre y mis familiares. Pensaba: “Le reclamo a quien ni siquiera conozco”, cuando sin darme cuenta me reflejaba cada día en sus miradas.
La mirada de mis verdaderos Reyes.
Por eso ahora todos esos reclamos que una vez hice hoy se convierten en palabras de agradecimiento.
Esos Reyes Magos de mi vida son los mejores que he podido tener.
Mis tías, mis tíos, mi abuelo, el padre de mi hermana, que participaron en cada 6 de enero de mi infancia quizá sin tener la obligación de hacerlo.
Pero, sobre todo, mi maravillosa madre.
Que ha dado su vida por sus hijos.
Que fue una Rey Maga tan digna como la madre más acaudalada y poderosa.
Y que aún se emociona cada 6 de enero por sus nietos.
A cada ser que en este día se convierte en un Rey Mago le doy mi admiración y respeto.
A ustedes que lo son, a sus hermanos, primos, familiares y amigos que, sea como sea y fuera como fuera, aún siguen alimentando la ilusión y la alegría de los pequeños…
GRACIAS…
Nota al margen: La pista eléctrica que un día soñé la recibí cerca de mis treinta años. Sí, en un 6 de enero. También un videojuego: el Nintendo. Lo tuve en mis manos como un regalo de mi amada madre, en otro 6 de enero.

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