Ese Hotmail

20 Minutos de Lectura
0
(0)

Hotmail… Gracias… Esta es la historia:

Ayer, al anochecer, algo inquietaba mi alma.

Una sensación poco frecuente asaltó mi mente. Al llegar del trabajo, mi ser se inquietó. Traté de distraerme observando el televisor, pero aun así mi mente divagaba.

Traté de navegar por internet y, sin embargo, no podía alejar esa extrañeza de mí. De pronto, se me ocurrió depurar mi cuenta de correo.

Mi mente esbozó una sonrisa al ver miles de mails. Tenía una gran tarea por delante, ya que nunca depuré mi cuenta. Hoy me percato de que tengo mails de todas formas, colores y personas.

Empiezo… mmmm, este era de cuando aprendía a usar el mail; pues adiós. Este otro es de esa tienda departamental donde nunca compré, pero me suscribí para que me llegaran sus ofertas.

Este otro es de mi compañero de trabajo; decía: «Houston, tenemos problemas», y aun así los pudimos resolver. Ahh, ese otro, de la chica que conocí en un antro y jamás volví a ver.

Encuentro otros más recordándome solicitar una tarjeta de crédito; algunos correos cadena que tanto detesto.

Ahh, correos de conocidos que hoy en día ya se fueron, que el destino separó de mi camino. Interesante… correos recordándome renovar la suscripción de esa revista que nunca recibí.

Ohh, no me había percatado de lo tarde que es. Llevo varias horas leyendo lo que tenía en mi baúl de recuerdos virtuales.

¡Ya me cansé!

Seguiré otro día. Ya casi amanece y creo que mi mente se ha distraído lo suficiente como para olvidar esa extraña sensación.

Estoy moviendo el mouse al botón de cerrar sesión.

Pero, como un imán, mi vista se posa en un correo en particular: el tuyo. Ya han pasado años y lo leí en una sola ocasión.

Hoy recuerdo muy bien ese día. Llegué a la oficina como todos los días, saludando a todos los compañeros y preguntando cómo veían el avance diario de nuestros objetivos.

Como era costumbre, encendía mi computadora y, después de entrar a los sistemas con sus usuarios y contraseñas, lo cotidiano era levantarme e ir por un café.

Ese día no fue así. Algo me hizo entrar a mi Messenger. Cuando se conectó, me apareció el cartel de «Un nuevo correo» y entré en Hotmail.

Era tuyo y me extrañó, pues si tenías algo que decirme, lo más lógico era que me llamaras. Sabías que mi móvil, mi Nextel, siempre estaba encendido y que, en el momento en que lo enviaste, yo estaba llegando a mi oficina.

Así que podías esperar y llamarme a mi línea directa. No decía nada, solo tenía una frase: «Cuando el amor está a tu lado, solo tienes que voltear la mirada para ser feliz». Pensé que era un correo cadena, y sabes que no soy adicto a ellos. Pero miré los destinatarios y solo me lo enviaste a mí.

¡Qué extraño!

De pronto, las actividades laborales me llamaron y cerré el correo.

Olvidé borrarlo y jamás lo volví a mirar.

Ahora lo entiendo. Sé por qué me lo enviaste y comprendo lo que pasaba por tu corazón.

Después de ese día en que ese mensaje apareció en mi buzón electrónico, seguimos frecuentándonos, seguimos riendo, saliendo, hasta que un día tomaste un camino diferente al mío.

Han pasado tantos años que ya no te recordaba y, más que eso, no podía acordarme de ese viejo mail. No quise borrarlo; no pude en ese instante.

Quise dormir un poco y no logré conciliar el sueño. Tu imagen estaba fija en mi mente. Cuántas preguntas pasaron por mi pensamiento y no pude encontrar respuesta alguna.

Pasaron pocas horas y me tuve que alistar para comenzar un nuevo día en el trabajo, en mi vida. En el camino, aún no salías de mi mente. Quería distraerme mirando a las personas que compartían mi viaje, y no pude hacerlo. Encendí mi iPod y quise entregarme a la música, pero no logré concentrarme en ella.

Llegué al trabajo y me sumergí en ese mundo que me encanta. Llamadas por aquí, mails por acá, informes, decisiones…

De pronto, todo estaba bien. Transcurrió la mañana con gran actividad. Se acerca la hora de la comida.

Tomé mi saco y me dirigí a mi restaurante favorito.

Siempre salgo solo a comer y disfruto mis alimentos sin tener que conversar con alguien, sin dar o pedir opiniones sobre asuntos sin relativa importancia.

Pero hoy me siento solo, más solo que nunca.

Volteo a mi alrededor y veo a un par de ancianos tomando un café y haciendo remembranza de que los tiempos anteriores fueron mejores. Miro al niño que siente que su helado es el más grande del mundo y no desea atacarlo con su cuchara, pues piensa que desaparecerá junto con el jarabe de chocolate que acompaña tan suculento postre.

En la mesa más lejana está la chica con su impecable traje tipo sastre y su portátil, con una mueca de preocupación en el rostro, mientras se lleva un cigarrillo a la boca para encenderlo.

Aquí, a mi lado, está una pareja feliz, dando promesas de amor que probablemente nunca lleguen a cumplir. Por el anexo del bar hay varios chicos y chicas disfrutando de un tequila.

Y en el rincón menos frecuentado está ese hombre llevándose la taza del humeante café a la boca mientras, con la otra mano, sostiene un libro. Su mirada se pierde en lo escrito.

Y solo puedo pensar: pobre… ¡está más solo que yo!

Al terminar mis alimentos, le solicito a la mesera que me traiga la cuenta. Siempre con su amable sonrisa y deseándome un buen fin de semana, me la da y procedo a realizar el pago correspondiente.

Vaya, olvidé que es viernes y que laboralmente se termina la semana. Me despido de ella y camino las dos cuadras que me llevan de nuevo a la oficina.

Ohh, me cruzo con varios compañeros.

—¡Hola, al rato nos vemos!
—Buen provecho.

Esos son los intercambios de palabras entre nosotros.

Entro a recepción y, como siempre, mensajes de todo el mundo:

—¡Qué falta esto!
—¡Que tengo reunión la próxima semana!
—¡Que no se me olvide gestionar ciertos asuntos!

Vuelo a mi lugar. Todo tranquilo; algunos no están, se fueron a comer.

Todo regresa a la normalidad.

Pasa el tiempo y recuerdo que tengo que llamarle a Erika; hoy acordamos vernos. Otro viernes en el que ir a cenar, al cine y terminar la noche juntos es común.

Terminé mi llamada y, como lo dije, así será mi viernes, como muchos otros lo han sido.

Ha finalizado el día laboral. Mi compañera de al lado corre; tiene tres años de casada y aún sigue enamorada como el primer día. (Un día despertará y se dará cuenta de que dejó de amarlo).

Ahí va el buen amigo del último lugar, como siempre llamándole a su novia para decirle que va a su encuentro.

La chica de veinte años, siempre enamorada del amor, hoy corre a la cita de su vida; por fin aceptó la invitación de su enamorado.

Otros más corren a casa a ver a sus hijos y otros organizan la partida de billar o boliche, siempre tratando de armar un equipo y nunca lo logran.

Termino mi día. Por última vez, reviso que todo esté en orden; no quiero sorpresas el lunes siguiente.

Pasan las personas y me desean un buen fin de semana.

Me dispongo a apagar mi computadora y, precisamente en ese momento, llega un correo a mi buzón personal de Hotmail.

«Olvídalo, lo leo el lunes o, si puedo, en casa».

Pero algo me lleva a detenerme para revisarlo.

Jaja… lo que suponía: ¡un correo cadena!

Pero aún me siento extrañado por recordarte la noche anterior.

Así que busco ese correo que un día me escribiste y al que no le encontré razón:

«Cuando el amor está a tu lado, solo tienes que voltear la mirada para ser feliz».

Ahora entiendo que me amabas y nunca lo quise ver.

¿Dónde estarás?

¿Cómo te encontrarás?

No lo sé, y es cuando me consume la duda. Pero dejemos el sentimentalismo a un lado. ¿Para qué recordar algo que ya se fue y que nunca existió?

Mejor me apresuro a ir a mi encuentro: una cena, el cine, unos tragos y a donde la noche nos lleve.

Llego al lugar acordado.

Una plaza comercial.

Miro los aparadores; hay muchas cosas para todos los gustos y todos los bolsillos.

Camino apresuradamente a mirar la cartelera, si aún existe tiempo para cenar y esperar tranquilamente el inicio de la película.

Creo que después de la película nos quedaremos en el bar que está en la misma plaza; sería más problemático decidir ir a otro lado.

Suena mi móvil.

Es ella: ¡Erika!, notificándome que está en un embotellamiento, que tardará más tiempo del esperado y estima que la demora le costará una hora o más. Me pide que la espere y pienso mejor en irme a casa y disfrutar una película por cable.

Pero no puedo negarme, así que le comento que no se desespere, que aquí estaré esperándola.

Me dirijo al centro de la plaza; ahí quedé de encontrarme con ella.

Llego y me siento al lado de un basurero con cenicero encima. Muero por un cigarro. Busco mi cajetilla, que está casi llena. Creo que estoy dejando de fumar y eso es bueno para mi salud… y me río yo solo.

Saco el encendedor y magistralmente tengo ya el cigarrillo en mi boca.

Lo enciendo y doy una bocanada bastante prolongada. Debe encender bien y, a la vez, darme ese placer que me encanta.

Cierro los ojos y lo disfruto.

Miro el piso. Me siento como un adolescente esperando a su amada horas y horas para verla y decirle: «Te quiero, eres lo más bello, te necesito».

Sonrío de manera irónica.

Sí, yo la veré, pero tardaré semanas en volverla a ver. Y esas frases nunca nos las decimos; ni con ella ni con otras.

Yo no me complico la vida con tonterías sentimentales. La vida es así: sencilla y práctica.

Cuando me enamoré, cuando quise una relación estable, cuando solo pedía que me amaran, solo recibí rechazo, sinsabores y amargos desengaños.

Por eso cambié a esto. Hoy es Erika; la próxima semana puede ser Susana, dentro de un mes otra más.

O quizás la misma siempre, pero sin mezclar sentimientos. Cuando escuché el clásico «Mis sentimientos ya no son los mismos», siempre salí por la puerta trasera.

A pesar de ser insensible y carente de sentimientos, no he deseado dañar a alguien y por eso mejor desaparecí de sus vidas.

Nunca he sido cruel ni he jugado con los sentimientos de chica alguna; siempre digo la verdad.

Levanto mi mirada y veo pasar a la gente: todos iguales, todos diferentes.

Mi mirada se fija en esa mujer que viene directo hacia mí.

¡No puedo creerlo! ¡Es improbable! Pero estás frente a mí. Quien no me permitió dormir, quien recordé ayer por un mail… ¡está frente a mí!

Odio al destino, odio la casualidad, detesto las probabilidades y, sin embargo, estás aquí frente a mí.

Te detienes, bajas la mirada, me sonríes y das ese «Hola» que miles de veces escuché.

Te observo. Tu peinado ha cambiado, tu sonrisa sigue siendo agradable, tu figura aún es perfecta. Tu estilo de vestir cambió.

Sin temor, mi mirada recorre tu cabello, tu rostro, esa blusa blanca ceñida al cuerpo, tus jeans negros que contrastan con tu cabello castaño, tus zapatillas perfectamente combinadas con tu vestir.

Llevas una bolsa en la mano derecha y tu celular en la izquierda. Lo sostienes con seguridad, pero… ¿qué veo en tu dedo? Llevas una argolla de matrimonio.

¡INGRATA! No me invitaste a la boda.

Me lees el pensamiento y giras la mano para echarme en cara tu enlace.

Sonrío con ironía y respondo tu «Hola».

—Vaya, vaya… precisamente ayer estaba pensando en ti.

—Y justamente hoy vengo a encontrarte, años después de que la vida nos separó.

Te sientas a mi lado, como si yo te hubiera invitado.

¿Qué no sabes que espero a alguien?

No, no lo sabes.

Quiero decirte que tengo un compromiso y no esperaba verte, así que no tengo tiempo de charlar contigo.

Pero tu mirada calla mi voz.

Me siento como un niño ante la maestra que lo regañará por no hacer la tarea y evado tu mirada.

Y solo me dices:

—¿Cómo estás?

¿Cómo estoy?

¿Qué no me ves? Feliz de la vida, sonriendo… irónicamente, pero sonriendo.

Pienso: «Y ahora viene el “¿Qué crees? Me casé y soy inmensamente feliz”».

Al diablo. Eres parte de mi pasado y de las cosas que ya no recordaba. No me interesa tu presente.

Estoy molesto porque Erika no llegó a tiempo. Ya estaríamos en otro lado en este instante.

¿Por qué no le dije que lo pospusiéramos?

Hace tres minutos que no estaría aquí para no encontrarme contigo.

No, no y no…

No es que esté molesto; estoy asustado.

Te miro y no sé qué pensar.

¿Qué me dirás? ¿Me reclamarás por no buscarte para continuar la amistad?

Pero tu mirada tranquila me serena.

Solo me dices:

—¿Cómo estás?

Y yo ya había hecho un drama en unos cuantos segundos.

Te respondo con voz débil:

—Bien, gracias. ¿Y tú?

Tu respuesta es sencilla:

—Me encuentro bien, realizando unas compras, solo eso.

Pronuncias esas palabras y te quedas callada.

Yo esperaba tu comentario, ese que me diría que te casaste, que eres feliz y que todo es miel sobre hojuelas en tu vida.

Pero no dices nada.

Me observas y sonríes.

—Siempre tan gruñón y arisco como siempre.

Sabias palabras que me definen tal como soy.

Bajé la guardia y aprovechaste para preguntar:

—¿Tienes tiempo para tomar un café?

Mi respuesta inmediata era un no rotundo. Tengo una cita y ella es muy celosa; no quiero problemas.

Veo el reloj y creo que Erika llegará mucho más tarde…

Te respondo:

—Solo unos minutos.

Nos levantamos.

—Permíteme ayudarte con esa bolsa.

Llego a rozar tu mano y te miro extrañado, como si nunca lo hubiera hecho.

Dejé en el olvido tus abrazos, tu mano en mi rostro cuando estaba triste.

Tantas cosas…

Caminamos a la cafetería.

Instintivamente te dirijo a la mesa que da vista al centro de la plaza, para poder observar si llega Erika.

Te adelantas al ordenar un cappuccino con caramelo para ti y para mí solo un americano.

Te das cuenta de mi asombro y ríes al decirme:

—Aún recuerdo tu favorito.

No me queda más que sonreír.

Extiendes tu brazo y pones a un lado tu móvil. Vuelvo a mirar tu argolla; luce radiante.

Te percatas de ello y respondes:

—Llevo un año y nueve meses de casada.

Mi mente quiere imaginarte en la iglesia dando el sí, prometiendo que siempre estarán juntos hasta que la muerte los separe; la fiesta, el brindis y personas deseándoles felicidad.

No puedo imaginar más.

Mejor saco mi flip-top de cigarrillos, tomo uno apresuradamente y lo enciendo.

Tu mirada se detiene en tu argolla.

—¿Quieres saber la historia?

Afirmo con un leve movimiento de cabeza.

Tu historia comienza:

—Después de que dejamos de vernos, cambié de empresa y un año después lo conocí. Al principio el trato era sencillo y nada profundo; al menos de mi parte, no quería una relación, estaba dedicada a mi trabajo. Era nueva y tenía que superarme.

Él recibió muchos rechazos de mi parte, pero fue perseverante: con sus detalles, con sus actitudes, con la forma tan particular que tenía de tratarme. Poco a poco fue rompiendo la frialdad que tenía.

Sabe cómo hacerme reír y sabe cómo hacerme llorar. Me aceptó con mis virtudes y se adaptó a mis defectos. Somos muy parecidos en ciertas cosas y totalmente distintos en otras.

Cuando menos nos percatamos, ya estábamos enamorados el uno del otro. Nos sentíamos contentos y temerosos a la vez de que eso tuviera un final. Pero él me alentó a seguir luchando por este sentimiento que nos unía.

Hubo momentos en que pensamos en dejar todo y despedirnos de la mejor manera. Creíamos que solo era enamoramiento, cariño o lealtad. Y de ahí vinieron pruebas en las que tuvimos que demostrar qué tan fuerte era ese amor.

Pero confiábamos en que era real, en que era posible que durara. Y ve: hoy llevo un año y nueve meses de casada.

Tenemos planes de familia, tenemos planes de crecimiento profesional y personal.

Esto que vivo no cayó del cielo y tampoco el destino nos lo regaló. Es resultado de nosotros y del entusiasmo y sentimiento que le ponemos día a día.

Aun casados, aun seguros de nuestros sentimientos, a veces queremos claudicar ante los factores que pueden separarnos, pero nos detenemos, analizamos y vemos todas las posibilidades. Tomamos una y la seguimos; si nos falla, tomamos otra, pero nunca nos rendimos.

—Ahh… pues qué bien. Felicidades por ti.

Me alegra que encontraras al hombre de tu vida.

Me corriges:

—No, no, Jerry. No sé si sea el hombre de mi vida. Lo que sí sé es que es él a quien quiero en mi vida.

Solo el tiempo me dirá si tomé la mejor decisión o si me equivoqué rotundamente, pero tomé la oportunidad y no la dejaré ir tan fácil.

Siempre lucharemos por estar al lado del otro, pero si llegamos a separarnos, se irá con mi agradecimiento por hacerme feliz.

Y recordando nuestro pasado… ¿qué sucedió? ¿Por qué ya no me buscaste cuando hubo cambios en mi empleo? ¿Solo me dejaste ir? ¿No te importaba?

¿A dónde dejaron esas sonrisas y esos buenos momentos?

Es tarde para los reclamos, pero quiero saberlo.

¿Éramos amigos o al menos eso creía?

¿O te diste cuenta de que estaba enamorada de ti y no quisiste un problema en tu vida?

¿No sentías lo mismo y preferiste alejarte?

¿O sí sentías lo mismo que yo y te dio miedo afrontarlo?

¿Lo recuerdas?

Yo solo puedo responderte que no sabía qué pasaba con mis sentimientos. No era propio de mí eso de querer y mucho menos ilusionar a alguien sin motivo.

¿Por qué tenía que hacerte perder el tiempo con algo que no tenía futuro?

Además, no era lo más adecuado.

—¿Adecuado para quién? ¿Para ti?

No, yo creo que para ti. No hubieras sido feliz a mi lado. Ya sabes, cosas comunes que nos separaban; era algo que no debía ser en ese tiempo.

—¿Y cuándo era el tiempo?

—Ah, caray… no sé. Tal vez cuando las cosas fueran diferentes. Es más, siempre te vi como una amiga. Eras quien me hacía sonreír, con quien compartía gustos, hobbies y tiempo.

—Está bien, Jerry, te creo. Nunca sentiste amor por mí.

Entonces, si así fue, dime: ¿por qué algunas veces me mirabas de una forma especial? ¿Por qué siempre preferías salir conmigo y no con otra chica a la que llevarías a la cama?

¿Por qué llegué a conocerte tanto?

¿Por qué no podías dejar de llamarme, escribirme y buscarme?

¿Por qué sé tus secretos más escondidos?

¿Por qué sé qué te hace reír y qué te lastima?

¿Por qué sabías tan bien qué regalo darme en mi cumpleaños, resultando ser el más especial?

¿Por qué conozco tu forma de pensar y actuar?

¿Solo por ser tu amiga?

—Ahh… contigo todo fue diferente.

—Entonces, ¿quizá nunca quisiste mirar y escuchar a tus sentimientos? Y es algo que nunca vas a saber.

Tristemente así es. Nunca sabrás si pudimos ser algo más. Nunca sabrás si en mí estaba tu felicidad como pareja.

—Oye, pero entiende que pudo ser una fantasía, una ilusión.

—Así es, no pierdo de vista esa parte. Pero nunca dejaste que la fantasía o la ilusión se hicieran realidad.

Pudo ser, pero te negaste a experimentarlo. Preferiste la comodidad de tu vida y no conocer algo nuevo para ti.

No soy yo quien te puede decir que pudo ser maravilloso, fantástico o probablemente hasta una estupidez. Pero nunca lo intentaste.

No te reclamo nada. Es más, creo que todo pudo ser un sueño que yo misma formé.

Las cosas cambiaron y los sentimientos también. Yo tuve dudas; mis temores me detenían para enamorarme nuevamente, pero me lancé al vacío y afortunadamente caí de pie. Y por eso estoy casada.

Pero analiza: no todas te harán daño, no todas llegarán y se irán poco tiempo después.

Pero si no te dejas querer, no habrá más que lo que tienes.

—Llega el café—

¿Será cierto lo que ella dice?

¿Existirá algo más que solo lo que tengo?

No, tú estás mal. Mi vida es perfecta: sin complicaciones, sin «te quiero», sin «te amo».

¿Por qué ahora que estoy frente a ti dudo de mi agradable vida?

Tengo que decirte que estás equivocada, pero no puedo; la duda me carcome el pensamiento.

Volteas a ver tu reloj.

¡Maldita sea! En el mejor momento de mi vida apareces tú y me quieres enseñar qué es el amor y demostrarme que el camino no es tan recto como yo creí.

—Jerry, me tengo que ir… ya es tarde.

Solo te recomiendo que, cuando alguien aparezca en tu vida y sea diferente, le des una oportunidad y te des una oportunidad.

Los riesgos son eso: riesgos, llenos de incertidumbre y de incredulidad. Pero si decides tomarlos, puedes hallar algo grandioso.

Me voy. Me dio gusto verte. No sé si volvamos a encontrarnos, pero no olvides lo que hoy comentamos.

Sacas unos billetes de tu cartera y niego con la cabeza.

Me levanto y nos damos el último abrazo.

Te veo tomar tu celular y tu bolsa. Das media vuelta y caminas por ese pasillo.

Y te pierdes en la lejanía…

Te vuelves a ir de mi vida.

—Mesero, ¡la cuenta!

A los pocos minutos llega Erika y, como siempre, otro viernes.

Al anochecer del sábado, observo nuevamente mi buzón electrónico. Sigue ahí tu correo.

Ahora sí lo borro, pero dejo grabadas tus palabras en mi mente:

«Cuando el amor está a tu lado, solo tienes que voltear la mirada para ser feliz».

Dejé que mis pensamientos acabaran con mis sentimientos.

Tenías razón.

Ahora sé que tú no eras quien yo tanto esperaba, porque no quise voltear a verte.

¿Qué te ha parecido este contenido?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este contenido.

¡Siento que este contenido no te haya sido útil!

¡Déjame mejorar este contenido!

Dime, ¿cómo puedo mejorar este contenido?

¿Cuál es tu reacción?
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0
Gracias por compartir mi contenido.

+ No Hay Comentarios

Añade el Tuyo